Cuando el idioma se interpone en la conversación
BuddyLingo nació de algo que entonces todavía no era habitual encontrar integrado en un teléfono: poder hablar en tu idioma y hacer que otra persona te escuchase inmediatamente en el suyo.
Estaba bastante convencido de que los propios móviles acabarían incorporando experiencias así. La pregunta que me interesaba era otra: ¿hasta dónde podía acercarme yo a esa idea con las herramientas de inteligencia artificial que ya existían en aquel momento?
De ahí salió BuddyLingo, una prueba de concepto con un objetivo muy concreto: reducir todo lo posible la barrera que aparece cuando dos personas quieren hablar pero no comparten idioma.
Hablar, escuchar y entender
Quise que utilizarla requiriese prácticamente cero aprendizaje. Elegías el idioma de la otra persona, pulsabas un único botón y hablabas. BuddyLingo se encargaba del resto: entendía la frase, la traducía y reproducía el resultado en voz alta.
La otra persona podía repetir el proceso en su idioma y, de esta forma, el teléfono actuaba como intermediario de una conversación que de otra manera habría sido mucho más difícil.
Sobre el papel eran muy pocos pasos. Conseguir que esos pasos se sucedieran con suficiente rapidez como para no romper constantemente el ritmo de una conversación era la parte realmente complicada.
Ese fue uno de los aspectos que más me interesó del experimento. Traducir una frase era solo una parte del problema; si había que esperar demasiado entre hablar y escuchar la respuesta, técnicamente funcionaba, pero dejaba de sentirse como una conversación.
Una idea destinada a integrarse en el teléfono
Nunca planteé BuddyLingo como una idea que fuese a permanecer aislada para siempre. Al contrario: mientras lo desarrollaba daba por hecho que, tarde o temprano, este tipo de función acabaría formando parte de los propios dispositivos.
Con el tiempo esa intuición se ha ido cumpliendo. Los teléfonos más avanzados ya incorporan distintas formas de traducción por voz y conversación, aunque la experiencia todavía no sea igual ni esté disponible en todos los dispositivos.
Por eso BuddyLingo tiene sentido para mí como prueba de concepto. Me permitió experimentar antes con una interacción que después empezaría a aparecer integrada en el propio ecosistema móvil y, sobre todo, entender que en una herramienta así la tecnología solo funciona de verdad cuando consigue apartarse de la conversación.
Viéndolo ahora, probablemente podría conseguir una conversación mucho más fluida con las capacidades actuales. Pero precisamente por eso me interesa conservar BuddyLingo: es una fotografía de hasta dónde podía llegar con aquellas herramientas y de una idea que, poco después, empezaría a encontrar su sitio dentro de los propios teléfonos.

