Una vista panorámica de una concurrida cantina subterránea, donde se destaca la interacción entre dos hombres en primer plano, inmersos en una conversación, con el bullicio de la comunidad al fondo.

X, Primera parte

Esta entrada es la parte 11 de 11 de la serie Diario de un desterrado

X se despertó en su estancia, un amplio y luminoso cuarto con una cama, una estantería y una mesa de escritorio con un viejo ordenador en el centro. Él era un hombre alto y delgado, de fría mirada, fiel reflejo de años de duro trabajo y sacrificio. Era el fundador y líder de la comuna, allí donde un grupo de personas había conseguido refugiarse de las opresoras garras del sistema, en la absoluta clandestinidad.

Se levantó de la cama y se dirigió a la mesa, con un gesto rápido y preciso encendió el ordenador conectándose a la red del poblado, desde allí podía conocer en todo momento el estado de la infraestructura, le gustaba tener controlada la situación y estar alerta ante cualquier evento inesperado. Revisó los informes de la noche anterior, los registros de los buscadores y obreros, la cantidad de alimentos y recursos en reserva, no estaría de más tampoco revisar las actividades de la red de comunicaciones y la seguridad de las instalaciones. Todo parecía estar en orden.

Nada más abrir la puerta y poner un pie en el pasillo se cruzó con algunos de los habitantes de la estación que ya merodeaban por la zona, saludándolo con respeto y admiración a los que correspondió sin titubear junto a una sonrisa y unas palabras de ánimo. Era querido y apreciado por todos, pero en el fondo se sentía solo y aislado. Nadie podía entender lo que él sentía, lo que él había vivido.

Entrando en la cantina pudo observar a Yak, el líder de los buscadores. Estaba sentado en una mesa tomando un refresco sabor a melón mientras devoraba unas patatas fritas. Tenía aspecto cansado, pero X tenía que hablar con él personalmente por lo que se acercó sentándose a su lado.

– Hola, Yak – dijo-. ¿Qué tal la expedición?

Hola, X -respondió Yak-. La expedición ha ido bien, hemos conseguido bastantes recursos, supongo que habrás podido revisar los informes. Había comida, agua, medicinas, munición, algunas herramientas y piezas, volvimos bastante cargados la verdad.

– Buen trabajo, Yak. Estoy orgulloso de ti y del equipo. Habéis hecho una gran labor.

– Gracias, X. Pero no solo ha sido mérito nuestro, hay que reconocer también el papel de Ada, el nuevo buscador. Ha sido una gran incorporación.

– Ya he visto tu apunte en el registro, precisamente de esto quería hablarte, cuéntame más.

– Pues ha demostrado mucha astucia y atención. Fue el primero en advertirnos sobre unos ruidos en la distancia. Resultó ser un camión que se dirigía al depósito escoltado por su flota de vigilantes. Pudimos escondernos a tiempo sin llamar su atención, aun estando algo lejos, uno no puedo fiarse del alcance de los sensores de esos bichejos, de no habernos advertido con tanta premura la cosa pudiera haberse convertido en un peligro real para todos.

– Vaya, eso suena muy bien. Me alegro de que haya gente así entre nosotros, tengo pensado presentarme ante él más tarde, aprovecharé para darle la enhorabuena.

– Estoy seguro de que le hará mucha ilusión, se le ve con ganas y se merece el reconocimiento.

– Bueno, Yak, te dejo que sigas a tu aire. A mi ya se me está haciendo tarde y creo que me voy a ir a picar algo.

– Está bien, X. Nos vemos luego. Gracias por tu confianza y tu apoyo.

– No hay de qué, Yak. Gracias a ti por tu esfuerzo y tu lealtad. Cualquier cosa que necesites no dudes en pedirla.

Muchas veces era él mismo, en persona, el encargado de agradecer los esfuerzos a su gente, era tan importante resaltar los aciertos como los errores para no caer en el desánimo. X se levantó y se despidió de Yak con un gesto amable. Se dirigió a la salida de la cantina, pensando en Ada y en su actuación. Se preguntó cómo sería el chico, qué historia tendría, qué motivaciones. Se preguntó si podría ser un amigo, un aliado, un sucesor.

Antes de acudir ante él debía primero pasar por su oficina para terminar de revisar el estado de las instalaciones y las incidencias que pudieran haber sido registradas.

Entró en la habitación y cerró la puerta con llave. Tras sentarse en su silla y encender una lámpara de aceite, abrió un cajón y sacó un papel arrugado. Era un antiguo recorte de periódico, de hace mucho tiempo. En él podía contemplarse la foto de una mujer sonriente, con el pelo rubio y los ojos azules. Debajo ponía: “Lara Smith, la primera ingeniera genética del país, galardonada con el premio Nobel de Ciencia”. X, con una lágrima en sus ojos acariciaba la foto inconscientemente, estaba ante la única persona que había amado en su vida, recordaba aquellos tiempos de forma especialmente emotiva, ¿Qué hubiera pasado si los derroteros del tiempo avanzasen en otra dirección?.

Una repentina sensación de angustia le hizo guardar el papel de inmediato, desbloqueó el ordenador y continuó con sus tareas, todo muy rutinario. Las vibraciones de los ventiladores hacían retumbar el suelo a sus pies, iba siendo hora de cambiar ese viejo cacharro, estaba en las últimas y no tenía pinta de quedarle mucha vida por delante.

Continuó revisando los informes de estado de las instalaciones, salvo unos pequeños desajustes en la presión de algunas bombas que había que arreglar, no había nada reseñable. Anotó las incidencias y las asignó a los obreros correspondientes, aprovechando también para adelantar la asignación de algunas tareas para la semana siguiente. Agotado tras horas frente al ordenador, cerró la sesión y apagó la lámpara, sumergiendo la habitación bajo una oscuridad intimidante. Se levantó de la silla maltrecha que había sido su refugio y prisión a la vez, sintiendo cómo su espalda protestaba por el prolongado encierro.

Necesitaba un descanso, anhelaba estirar las piernas y respirar algo diferente al aire viciado de su espacio confinado. Con la idea de despejar su mente, decidió adentrarse en los corredores de la estación subterránea, un laberinto de concreto que formaba el corazón del poblado bajo tierra. Bajo el parpadeo constante de las luces artificiales que guiaban su camino se dirigía hacia el encuentro con Ada, esperando poder entablar una conversación con él y así poder presentarse al último integrante de la comuna.


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